sábado, 19 de noviembre de 2016

Tú tranquila y yo nerviosa



Me levantó la algarabía, que de pronto se convirtió en escándalo; luego supe qué había sucedido. Nadie hablaba nada, parecía cosa de otro mundo, y lo era, a ella le habían dado tilo, pues se había desmayado en la escalera. La nieta decía: no pasó nada, nada; "tú tranquila y yo nerviosa" y la abuela convulsionaba, los ojos vidriados. La espiritista de enfrente llegó toda de blanco con un polvo blanco, después se supo que era cascarilla de la propia cáscara de huevo secada al sol y pasada por la batidora.
Carmen, Carmen, gritaban los de al lado y ella no volvía en sí. Yo asombrado, pues hacía sólo dos días que había llegado a La Habana. Carmen siempre fue muy serena. Ni en el '80 cuando le tiraron huevos por quererse ir.  Ella con toda ecuanimidad puso una cazuela y cuando se cansaron de tirarle las posturas, hizo una tremenda tortilla, porque no la dejaban salir de casa y al final la lancha no llegó, o llegó pero se la llenaron de gente ajena; y se quedó. Pero esta vez se pasaron, ya a sus años no soportó que al colocar el pen-drive en su equipo con el "paquete semanal" y así continuar viendo su novela mexicana "Bajo el mismo cielo", en su capítulo 44, le apareciera la mesa redonda.
Una maldad muy grande, no lo soportó y colapsó.
Luz para su espíritu. Una mujer luchadora que vendió hasta duro-frío de fresa, aunque se supo luego que eran de rojo aseptil. Pero le curó la úlcera a Genaro y eso la salvó. Fue testigo de Jehová pa irse del país, después de botar los santos, luego los recogió y siguió en la santería.
Y al final se fue como Matías Pérez. Dios la tenga en su lugar.

viernes, 18 de noviembre de 2016

En nombre de papá (A la memoria de mi padre)



Cuando sonó el teléfono, sabía que no era buena la noticia. Atendí de blanco, como me mantuve todo el año 1998, después de haberme iniciado en la Osha, a solo cinco meses de la muerte de mi padre. Hice el luto de blanco, de “iyawo”, y así fui a trabajar, ya en esa época, era especialista del museo y el respeto a los tantos años de trabajo y a lo que recién había pasado, no me impidieron el usar ropa blanca todo el año.
Atendí el teléfono y era mi hermano. Una vez más lo reprobaban en la escuela que él quería. Sabía que era difícil, pero ya era la tercera vez, y a la tercera va la vencida. Guardaba un nombre que me había dado mi amiga Magdalena, de siempre, la que resolvía esas situaciones  (ver “Maferefun mis santos…”).
Fui y hablé con mi jefe, debía salir urgente a resolver ese asunto que me preocupaba; mi hermano estaba en la edad de estudiar y no podía permanecer en la calle.  Papá no estaba, pero me había dejado su legado; él todo lo resolvía y yo lo llevaba en el ADN.  Llegué a la escuela y pregunté por el nombre, me echaron un cubo de agua cuando me dijeron que esa persona ya no trabajaba ahí y me secó una voz que dijo, pero ella está al doblar en la otra puerta. Llegué y pregunté por Silvia Duero, diciendo que era de parte de la Doctora Magdalena Luján. Me sentaron en un lugar, casi de lujo para los cánones cubanos, me trajeron agua, jugo y café. Llegó ella, una mujer, madura y jovial, que al mencionar aquel nombre sólo me dijo espera un momento, levantó el auricular, habló y al soltarlo, me ordenó: levántate, pasa esa cortina, abre la puerta y baja las escaleras, a la izquierda dobla y hay otra puerta, ahí alguien te espera. Siguiendo  todos los pasos, en la puerta ya me esperaba una señora ya mayor que me dijo: Que bueno que los padres se ocupen de los hijos estudiantes. A lo que respondí: no es mi hijo, es mi hermano, menor que yo.  Hace un año nos quedamos sin padre. Dándome los pésames, le agradecí y ella misma me llevó a la dirección de la escuela. Al llegar me senté y me dijo: el director ya te atiende.
No había reparado en la sala, cuando comienzo a pasear mi vista por el mobiliario, como todo museólogo, el detalle de los ambientes me atrae.
De pronto choco la vista con un cuadro con el retrato de una niña, pero no era una niña cualquiera, era la hija de un amigo, era una niña que Magdalena había ayudado a nacer, que fui yo el primero que la cargó cuando salió del cunero.  Dios qué nervioso me puse.  ¿Qué hacía ahí mi niña?  Sabía quién era el padre y toda la familia. Uno de sus tíos estudió conmigo y el otro tuvo una relación de pareja con Magda por eso atendió el parto y el embarazo de su madre.
Inmerso en ese pensamiento, siento los pasos de alguien acercándose y al levantar la cabeza, un señor alto mulato, de mediana edad, me saludó presentándose como el director de la escuela.  Primero me mandó a sentar, luego a hablar, interpelándome acerca del motivo de mi visita.  Le expliqué sobre la reprobación de mi hermano en tres ocasiones y mi preocupación por esto, siendo que era yo quién lo preparaba para los exámenes y lo hacía con todo. Me preguntó el nombre completo de mi hermano, y se levantó del sillón desde el cual me estaba entrevistando. Al levantarse quise saber sobre la niña y era la hija de su secretaria, asentí feliz, por salir de mi asombro, diciéndole que éramos como familia, pero algo más sucedería, un lazo mayor.  Lo seguí con la vista hasta que desapareció. De pronto un frío y un temblor se apoderaron de mí y al volver a mirar hacia el  sillón, una imagen me asaltó,  otra persona sentada en él, fue aclarándose mi visión y conseguí vislumbrar la figura de mi padre, sonriente, mirándome.  Solo atiné a balbucear: Papá.  La voz del Director me sorprendió regresando, haciendo aparición con el examen de mi hermano en sus manos.  Caminando aun, sin mirarme, me dijo: En el año ’67 yo trabajé con un profesor que llevaba este apellido, llamado Rogelio Pijuán. Era mi padre,- interrumpí - que acaba de fallecer y de no haber sido así, sería él quien estuviera aquí - sin hacerle saber que sí estaba, bien detrás de él - Aquí en este examen, - continuó - su hermano salió bien.  Solo hay una observación, acerca del vestuario.  Dígale a su hermano que vuelva el lunes, bien vestido, pero él ya está matriculado.  Muchas gracias, me despedí y en septiembre de 1999, mi hermano Alexis Pjiuán formaba parte del alumnado de la escuela que él tanto ansiaba, de la cual se graduó.
No le faltó al director de la escuela, cada “Día de los padres”, un especial regalo, en nombre de Papá.


jueves, 17 de noviembre de 2016

Eva Gloria en la gloria


Se detuvo al salir de casa, como si algo se le hubiera quedado u olvidado; como de costumbre.  Pensó bien y no; lo llevaba todo y más, el paraguas, un abriguito por si entraba al cine y su ropa interior de repuesto, por si se complicaba - algo que hacía tiempo no le sucedía - De pronto recordó, no se había maquillado ni echado perfume, no se acordó, algo tan importante, su máscara con la que cubría sus imperfecciones faciales, su palidez y hasta su tristeza. Sólo que  ese día no sintió la necesidad; total nunca pasaba nada, nadie la miraba y rara vez la galanteaban y no porque no lo mereciera, ella - Eva Gloria -  era la que se había cerrado en una cápsula y no permitía ningún tipo de acercamiento. De esta vez sólo tenía arreglada sus manos, aunque sin esmalte, delataban un cuidado extremo, que resaltaba su estilo a partir de la finura de sus dedos espatulados con uñas no cortas ni tampoco largas. Se las miró como siempre, como lo hizo la primera vez que se vio en la escuela interna donde pasó su adolescencia y se reconoció una vez más, comparándolas con la de la niña sonriente del cuadro, que aún conservaba su madre encima del escaparate. Siguió avanzando cabizbaja y pensativa, cuando chocó contra algo o alguien, al levantar la cabeza, tuvo que elevarla más de lo común para percatarse con qué o quién había tropezado. Se pidieron disculpas al mismo tiempo en lo que él terminaba de arreglarse la pulsera del reloj, le miró las manos y se reconoció en ellas, las tenían iguales, salvando las distancias, todo ocurrió muy pronto, se sonrieron - él más - y en su sonrisa vio la vida, vio lo que se le había quedado esa mañana en la casa, el cuarto vacío, un solo pijama, una sola taza de café, medio limón, media naranja; todo había quedado en el pasado, por eso no necesitó maquillarse, a partir de ese día un hombre la maquillaba, no le maquillaba el rostro, le maquillaba el alma. Quieres mejor maquillaje que el beso de la mañana, el que te pinta los labios y abrillanta la mirada.

05082016/ 02:22 AM

La situación. Comadreo habanero 4




Se me está acabando el café, mañana tuesto chícharo pa mezclárselo, pero y el potaje de los muchachos, cómo están comiendo ellos, Lazarito no se llena con nada y Mundito va por el mismo camino; yo seca como estoy, no puedo seguir dándole mi pan a la mitad a los dos, algo inventaré, mañana voy al médico de la familia y haré lo mismo que la difunta Nora. Es solo hablar de sequedad en la boca y ganas de comer dulce, luego convencer a Adelaida a que se saque sangre por mí en el otro policlínico, por su tiroides me dan pescao y leche, eso junto a lo que Rolando se lleva de la fábrica nos da pa un bocado al día, con la leche puedo hacer pudín, un huevo que me dé cada uno me sale.
Pasó la semana y ya por fin Adelaida se hizo los análisis, la pobre qué gran favor, sacarse sangre dos veces el mismo día y yo tomarme ese yodo, a ver si contento a la enfermera con el jaboncito que le llevé.
Pasaron los diez días, ya deben estar los resultados.  Finalmente, estoy con tiroides alquilá. Ya tengo la dieta de tiroides, ahora a lo del divorcio con el padre de mis hijos para casarme con Anselmo, que está en las últimas y coger la pensión, primero cogeré el key y las seis cajas de cerveza, junto con la casa en la playa, es invierno pero no importa, dicen que el key está bueno aunque en vez de blanco sale gris por aquello del azúcar turbiná y la mermelada es de boniato, al menos garantizamos algo. A ver cuándo y con quién caso a Rolando. Voy a hablar con Zenaida la invertida, que se vista de mujer un día al menos, que la está pasando mal, desde que la compromiso la dejó por la guantanamera. Es que nadie quiere a nadie.  Así ayudo a mi hermana Concha, la pobre, que está en la “tea incendiaria” (otro período malo de Cuba) que ya nadie se pasa el peine caliente con ella, desde que llegó la tal Ofelia con el desrriz de sosa caústica, que a pesar del escándalo que le dio Alba, la Albina, cuando le tumbó el pelo, la gente sigue yendo, todo el mundo le dice a su peluquería "la pasión de Silvia Eugenia" y al marido Néstor le han puesto Yasmany Hassand, como la novela esa de Radio Martí. Como se llevaron presa a la pecosa por ponerle al hijo Yasmany, eso quería decir que oía la novela. Ya le dije a Lazarito que no oiga más a Rudmini con eso de las estrellas, que están atrás de eso, como cogieron a mi suegro Norberto cuando "la Voz de las Américas " y lo de Chile en los 70.
Ricardo hizo muy bien en irse en aquella lancha, Matilde sufrió, pero mira ya se fue por la Cruz Roja y hasta un paquete mandó pa la familia. Bueno déjame seguir aquí escogiendo este arroz, que ni sal tengo pa ponerle.
Una madre cubana. 1993
090216


El día que fui Abban



Lo hice todo a la perfección, a una amiga le pregunté, cómo entraba y no la paraban y me respondió que muy fácil Negro - me dijo -  entra como si fueras el dueño, sólo que había de un detalle; la diferencia de raza, ella parecía extranjera y con un trapo de los '80, (blusa romántica, saya corta y tiki-tiki) quién le decía a Yohanka que era santiaguera; pero me dio una idea que no fallaría. Me contactó con un amigo árabe, que me haría el "favor", por alguna regalía.
Debía ponerme una guayabera, esperar a que Kamel Alí entrara, a él sí no lo pararían, Me esperaría en el baño del hotel,  a la derecha al final del pasillo, yo entraría tras él, como si fuera uno de la seguridad, que iba a la barbería y consumaríamos el plan.
Era octubre, mi mamá no tenía zapatos, sería su regalo; - Dios qué tormento -, el día antes en la noche le había llevado el dinero a Kamel, eran mis ahorros de un año, el cambio era a cuatro, - barato para como se puso después. Mi salario de recién graduado era de 148,00 pesos, los zapatos costaban 17,50 dólares.
En agosto había ido por primera vez a Varadero con mis ahorritos y había alquilado un cuarto, era muy reciente pero eran sus 40 años y después de haber sufrido la separación de mi padre, no había nada que no hiciera para contentarla. Un par de zapatos era una necesidad, también un “encanto”.
Llegó la hora, yo estaba en el estudio de fotografía de 23 y L, Kamil Alí  pasó con su atuendo y un bolso simple, lo vi por los cristales y crucé al Polinesio, me había tenido que dejar el candado (la perilla) y llevaba mi guayabera lila, como había sido acordado. Entró él primero y ni lo miraron, atrás entré yo y ni los miré, la mano me temblaba e iba directa hacia el bolsillo de mi Levis Straus, que desde que lo recibí de regalo por mis 15, nunca lo había lavado, sólo usaba en ocasiones como esa y mientras tanto para el diario usaba lo del cupón, no había más…  y gracias.
Kamel Alí entró al baño, lo seguí, entré al servicio de al lado y por debajo me pasó el bolso, dentro ya estaba el turbante  armado y una bata blanca que sustituyó a la guayabera. Me quité los espejuelos también y me quedé con el bolso, ya había dejado de ser yo para ser Abban, que en árabe significa “efímero” ; como efímera debía ser mi presencia en la tienda del hotel, sólo que además de efímero, tenía que ser mudo. Los elevadores del hotel estaban al aldo de los baños, nadie sospecharía que no éramos huéspedes. 
Entramos a la tienda directo a los zapatos. Señalé, los que quería, él los pidió, pero qué número eran. Dios mío recordé que la plantilla estaba en el bolsillo derecho de la guayabera, me quiso dar el ataque de la “comparsa de la sultana” con carroza y todo, pero algo que me caracteriza es el crecimiento ante las dificultades, de algo me habían servido los lemas revolucionarios. Me fijé y el de seguridad nos miraba, no podían reconocerme; rápido abrí el bolso, saque la plantilla y se la extendí a Alí, la dependienta trajo la caja, al abrirla había uno solo, a esa hora me empezaron unos retorcijones de estómago. Durante la espera había ido a Coppelia (la heladería) y con el estómago vacío me había tomado un "jimagua de naranja-piña", comencé a palidecer; el otro zapato estaba en la vidriera, era el último par y sólo habían llegado dos de esa talla, lo trajeron, me volvió el color, Alí Kamel pagó y los puso en la bolsa, salimos del Habana Libre, y no nos despedimos, nos dirigimos al Hotel Kolhy, cerca del lugar. Entré corriendo al baño del hotel, me cambié y aborté a los “jimaguas” en el susodicho baño.
El 1° de noviembre de 1985, mi madre tuvo sus zapatos blancos.


El chucho escondido



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Fueron de visita a casa de Jesús - Chucho, como se le apoda a los que llevan ese nombre -, a conocer al niño que había nacido. Les dijeron a los muchachos mayores que hicieran algo para entretenerse y, al no tener juguetes, pues le sugirieron a los niños que jugaran a algo, la primita les dijo que jugaran al “chucho escondido”; juego infantil que consiste en esconder un cinto y al que lo encuentra hay que huirle, porque te puede dar un cintazo. Pasado un tiempo ya le tocaba la toma de leche al recién nacido y cuán sorpresa, cuando se asomaron a la cuna, el bebé no estaba; un grito materno se oyó salir del cuarto del bebé; todos corrieron y al saber lo ocurrido, Dinorah, la abuela desmayó; llamaron a la policía y por el olfato los perros encontraron al bebé dormido en el armario del garage.
Como no encontraron cinto, los niños, escondieron a Jesusito; al final era Chuchito. Ahí sí apareció el chucho, los padres de los niños se quitaron el cinto y hasta Manolito y Tony, los hijos de Caridad, que pasaban por ahí cogieron chucho. Les dieron un sube que nunca más quisieron oír hablar de chucho escondido.

190716

martes, 15 de noviembre de 2016

Cenicienta





 Ese día había sido de cobro, una alumna me había pagado, la cantidad suficiente como para darme un gusto, al menos uno.  Trabajaba en el 4° Piso del “Shopping  Leblón”, ubicado en el barrio del mismo nombre de la “Zona Sul”, para la gerente de una importante y “chic” tienda  que estaba en el edificio.  Terminé y me dije: Debo escoger o voy al cine o al restaurante japonés que está en el mismo piso. El cine ganó y fui a ver qué echaban. Miré todos los anuncios y decidí, vería la nueva y última versión de “Cenicienta”, sin saber a lo que me estaba sometiendo.  Comenzó la película y todo iba muy bien, hasta que el personaje principal se depara con la anciana que resultaría ser –como todos sabemos- en su hada madrina.  Hasta ahí todo bien. Ella le da el vaso de leche a la anciana; y fue cuando comencé a rebobinar, y a rebobinar en el tiempo y vi a Papá llegar con un librito, que yo no sabía cómo leer,  y que desde ese día él mismo me leyó antes de dormir.  Recordaba que la figurita iba de azul; luego  cuando pude leerlo, supe se llamaba “Había una vez”, yo. Con esto me vino la banda sonora de la canción del verano, que decía: “…Cenicienta se marchó …” cantada por los “Fórmula V”. Cuando llegó la escena de la llegada al baile, ya el cine entero estaba atento a mí, que no conseguía ver la película entre sollozos y el sonido de la nariz.  Dos muchachas que habían en las lunetas delanteras, miraban hacia tras.  Qué situación.  Me fui al baño y me lavé el rostro; pasé por la cafetería, compré una Coca-Cola  y fue peor, porque a pesar de en Cuba no haber esa gaseosa, sí teníamos ese sabor en el refresco “SON”, lo que hice fue darle sabor al recuerdo.  Me senté en la parte delantera, ya más libre y seguí sollozando, hasta el fin de la película.  Sólo apaciguó ese estado, el combinado de Sushi con Sachimí que pude degustar en paz y con el alma lavada en el restaurante japonés.  De eso no había en Cuba, por ende no estaba registrado en la memoria.

15/11/2016. 13:11 pm

lunes, 14 de noviembre de 2016

O médico o abogado


 
Tenía ya 27 años, su belleza iba madurando, se había vuelto ya una joven hermosa, demasiado hermosa diría yo para haber tenido una infancia tan llena de carencias. Se enamoró una sola vez y Helio como se llamaba su amor perdido la había abandonado, sin más ni más, detrás de sus lágrimas quedaron las promesas, el anillo que nunca le pudo devolver y las rosas secas en las páginas del diario. Supo de su boda con una señorita de la alta burguesía por las crónicas periodísticas y fue cuando se propuso no amar nunca más, pero eso sí; saldría bien casada de su casa, tenía a su favor algo fundamental en esa época; era virgen, sólo había entregado su alma. Su auto propuesta era seducir a un médico o a un abogado. Cómo llegar a él no lo sabía, no podía ser de enferma y mucho menos de enfermera, para el caso del doctor, tampoco podría ser contratando un abogado ni relacionándose con él. Algo haría Julia Esther. Belleza e inteligencia no le faltó nunca.
Lo primero que hizo fue ir caminando desde la calzada del Cerro, siguiendo Monte, hasta Galiano y encaminarse a "El Encanto",  sí para ver un modelo de vestido, sobrio y elegante que le fuera bien a su cuerpo y a su empeño; claro que no lo compró, ya sabemos que esa era una tienda muy cara, sólo que más abajo pasando el Prado está la calle Muralla, allí encontró la tela que le hacía falta , un tafetán negro y un tul del mismo color, lo compró en retazos, de todos modos, Violeta, su prima y costurera, lo tendría que cortar. Ya en la calle Monte y dirigiéndose a su casa encontró los zapatos perfectos, eran colgados, así se le decían a los zapatos de exhibición, a los que se le habría un huequito para colgarlos y que perdían por ello su valor. Conocía la técnica de derretirle cera de vela y pasarle betún. Violeta le hizo el vestido y el tapicero de la carpintería de su propia cuadra le forró la antigua pamela de su abuela, le quitó todo el adorno art-nouveau de flores y pequeñas frutas, conservándole el lazo morado obispo, usando tafetán y tul negro para un incipiente velo.
Ya estaba lista ahora solo debía enamorar a Justo el periodiquero, para que la dejara leer a diario el obituario.
Pues a diario también moría un médico o un abogado, dejando, además de su fortuna, viudas e hijos casamenteros.
Ese día de septiembre, se levantó temprano con otras cosas en la cabeza. No tuvo que ir al periodiquero, porque en la bodega lo supo, había fallecido el Dr. Iznaga, un renombrado proctólogo de la época.  Era perfecto, pues la clientela sería, en su mayoría masculina.  Se decía que había atendido hasta al mismísimo presidente Batista.
Este era un hombre casado, dejaba  viuda y tres hijos varones de 22, 25 y 28 años. Ella no lo había visto nunca y, como no leyó el periódico, no conocía su imagen. Rápido fue para la casa. Se preparó y vistió su traje de luto por tercera vez.  Habló con Ultimio el chofer de alquiler que socorría a todos los del barrio y arrancó para la funeraria “Rivero”. No le dio tiempo a mirarse ante el espejo, pero todos la miraban en la travesía. Parecía una reina, a pesar del color negro de su atuendo;  un resplandor la iluminaba;  el aceituna de sus ojos hacían contraste con el lazo morado del sombrero y el creyón labial lila mate.
El entierro sería al mediodía. Era un día gris, combinando con la tristeza de los dolientes; había más tráfico que nunca, ya eran las 11:30 am.
Por su parte en la capilla se amontonaban los familiares y amigos, ya se llevaban el ataúd. Terminaba el funeral. La calle Línea del Vedado se inundó de voluminosos carros negros, siguiendo a la carroza fúnebre.
Julia Esther a sabiendas hizo desviar a Ultimio por otras calles de El Vedado y fue directo hasta el cementerio.  Ultimio la dejaría en Zapata y ella iría caminando hasta la Necrópolis de Colón.
El Dr. Daniel Iznaga, abogado e hijo mayor del difunto, había salido antes para prepararlo todo y entraba con el carro al mismo tiempo que Julia Esther se disponía a ir hacia la capilla, por la acera que hacia ella la llevaba; a pesar de su prisa, su paso era leve, lo que a lo lejos dejaba ver el encaje negro de su sayuela, cuyo peso desvendaba,  las torneadas piernas, el toque insinuante de los altos tacones, semi-cuadrados de sus zapatos, redondeados en la punta.
En medio de su dolor y preocupación, Daniel no se abstuvo de detenerse a admirar el rostro de aquella seductora mujer, por ello se le adelantó y con unísono tino, ella, sin saber quién era, levantó el velo negro que cubría su faz, chocando la mirada con la de aquel hombre de rostro anguloso y moreno de Daniel. Durante el sermón, él no le quitó los ojos de encima.  Quién será la bella desconocida – en silencio se preguntaba.
Terminó la ceremonia y al buscarla, ella ya no estaba, se había quedado atrás, para que nadie dudara ni le preguntara. Ya sabía quién era el joven que la había admirado.
Fue cuando Daniel se dispuso a llevar a su madre en su carro pero ya la viuda de Iznaga  se había montado en el vehículo de otro familiar. Por lo que salió solo del cementerio y en Zapata y 12 divisó nueva y finalmente a la futura Sra. Julia Esther  Valdez de Iznaga.
Fue así como mi prima Julia Esther contrajo matrimonio en 1940 con el hijo de uno de los médicos más reconocidos de la época; el Licenciado en Derecho Daniel Iznaga.
10/02/16 - 00:04 -14/11/16 - 17:51.
 

Maribel o el día de los dos.



Saben aquellos días en que, a pesar de levantarte temprano, estás despejado; que el despertador no te asusta y sales de la cama con  la alegría del sueño reparador, de haber soñado y disfrutado durante el sueño, que te miras al espejo y te ves bien, que en lo que te aseas, sientes el olor del café y compartes una taza con el sol, con tus dioses. Uno de esos días, perfectos inolvidables.

Maribel salió de casa con el vestido que le habían regalado por su cumpleaños, el que encontraba escandaloso por su color naranja estampado de orquídeas lilas y hojas verde chatre; un viento le levantó la saya y solo atinó a aguantarse el cabello, no le importaba que le vieran su incipiente celulitis. Un bebé en su cochecito se le quedó mirando volviendo la cabeza y gargajeando, ella le dijo algo y él le sonrió. Prefirió caminar hasta la oficina, quería que la vieran. Había pasado mucho tiempo preparándose para ese día, no sabía qué pasaría pero tenía aquella corazonada de mujer, se sentía renacida, su mirada esmeralda se hacía más intensa en lo que levantaba el día, comenzaba la primavera, el invierno ya era historia; como historia y pasado era también su tristeza, su agonía por aquel que un día se marchó para siempre.  Ella también quiso irse, pero no era su hora, el destino le tenía algo mejor. Su karma estaba saldado, tan solo un peldaño la separaba de su verdad, de su eterna y basta felicidad. Llegó a los Aires Libres del Parque Central y se atrevió a sentarse sola a tomarse un café; era temprano. Llamo al camarero, pidió.
A su vez el Dr. Carlos Eduardo, aun con el nasobuco en el rostro, firmaba unos documentos al término de la guardia. Se deslizó la máscara, dejando ver una nariz aguileña y la sombra verde de una incipiente barba. Con calma, fue a cambiarse de ropa. La madrugada había sido dura, tres partos, uno de ellos, el último, gemelar, bivitelino; una hembra y un varón. Los padres pensaban que eran dos hembras y les salió un varón. No le tenían nombre y le pusieron el suyo: Carlos Eduardo. Él que a sus 32 años no había tenido  hijos, luego de muchos esfuerzos y no lograr procrear. Sabía que no era él por experiencias pasadas.  La fatiga se mezclaba con la alegría y el orgullo, pero siempre en el fondo, aquel gris de la ausencia, de la partida de Ana Mary, su ex. Dos años ya habían pasado de su separación y partida en un viaje de riesgo al que él no se sometió. Una embarcación pagada por la familia se la llevó a la Florida y, aunque llegó, ahí terminó la relación.  Un café era lo que necesitaba.  Se quitó los lentes de contacto y se acomodó las gafas de ver, cubriendo parte de la entrecanosa patilla y resaltando el azul de los ojos miopes. Tomó su coche para dirigirse a su apartamento en la Plaza Vieja de la Habana antigua y  colonial, pero antes desayunaría en un lugar apetecible que conocía, cerca del parque Central.


El camarero le traía el café a Maribel cuando Carlos Eduardo parqueó el carro, este se dirigió a un barcito que de esta vez estaba cerrado por la temprana hora. Miró y vio entonces  que los Aires Libres ya estaban abiertos y hacia allá se encaminó. Al llegar una brisa suave batió en su rostro trayéndole un olor a orquídeas serenadas del campo.. Qué olor - se dijo - si por aquí no hay flores; sin percatarse aun de la presencia de  la mujer que vestida de naranja y orquídeas lilas, perfumaría desde aquel instante su vida.

La vio y se acercó a la mesa, ella degustaba su café e hizo algo que nunca se le habría ocurrido; lo invitó a sentarse, chocando las miradas se preguntaron al mismo tiempo: ¿Nos conocemos? Y al mismo tiempo respondieron: Sí.  Carlos Eduardo; Maribel.  La conversación se extendía, Maribel no llegó al museo en el que trabajaba y a Carlos Eduardo se le olvidó la fatiga de la madrugada. Así que decidieron merendar, luego almorzar y cenar juntos.

Tres meses más tarde aparecían sus nombres estampados, en letra cursiva y a relieve, en la invitación de casamiento.

06/06/16-14/11/16

23:34/16:26

Monólogo de la suegra

Ya le he dicho que no me ande más en el escaparate, que ahí tengo mis cosas, y eso no se lo aguanté  ni a mamá que en gloria esté. Va a venir ella a tocarme lo mío, por eso no se puede meter a nadie en las casas; el que se case que busque pa donde ir, como hice yo, que me metí en el solar de Acosta y Aguacate doce años hasta que estos niños no crecieron que empezaron a ver y preguntar cosas extrañas y fue cuando le dije a Alberto que me sacara de allí y así llegué aquí con una palangana y dos bultos de ropa pa lavar que le cogí a Delia y a mi comadre para por lo menos comprar unas libras de picadillo, pa los muchachos. Gracias a ese espíritu que se me apareció y me dio el número al oído y pude amueblar esta casa hasta el sol de hoy, por eso no me deshago de mis muebles y esta degenerá ahora andándome en el escaparate. Al primer grito ya sabré que es ella, pero déjala, puse cinco ratoneras, pa cuando meta la mano le duela bien, más la mano de golpes que le voy a dar con el palo de guayaba que tengo atrá de la puerta. No me importa que sea mi nuera, si quiere registrar, que vaya y registre una queja en la estación, porque la voy a dejar madurita.

200615